Francis Bacon en ocho movimientos

Uno

8:35 AM, salimos del hotel en bici en dirección al Museo Guggenheim. Todo es del color del titanio, el cielo, el Nervión, las escamas del edificio al que vamos acercándonos poco a poco. Por fin llegamos a la altura de un Puppy al que veo ligeramente más calvo que hace algunos años (parece que el tiempo pasa para todos).  Caminamos hacia la entrada principal. Un cartel anuncia la presencia ineludible de Francis Bacon. Llega mi primer flash, en el cartel puede verse uno de los retratos del artista, contorsionado y retorcido como las mismas paredes del museo que lo alberga. Entramos.

 Dos

Las curvas de acero de Richard Serra a la derecha, los diodos luminosos de Jenny Holzer a la izquierda, todo sigue en su sitio. No deja de sorprenderme lo bien que siguen funcionando ambas instalaciones. Salimos a la terraza. Grupos de personas se arremolinan alrededor de unos globos gigantes en forma de tulipanes de colores eléctricos. Produce cierto mareo conocer los materiales: acero inoxidable alto en cromo con laca de color translúcida. Fotos y más fotos. Los tulipanes de Jeff koons reflejan una y mil veces nuestras siluetas. Volvemos al interior y cogemos el ascensor. Toca Bacon.

 

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 Tres

Comienza el espectáculo. La primera impresión que nos llega del artista adquiere proporciones catedralicias, no tanto por sus pinturas que cuelgan como retablos profanos, sino por las dimensiones de una sala blanca, gigantesca y curvada. Irrumpe mi segundo flash, es inevitable, cómo no ver el contraste radical entre este espacio y aquél donde se gestaron las obras, el cochambroso estudio de Bacon en el 7 Reece Mews de Londres. Se trata de un gran oxímoron, como lo es toda su producción pictórica. Un verdadero infierno con aire acondicionado.

 Cuatro

Salgo de la sala blanca algo confuso. La audioguía me ha hablado de referencias a la tauromaquia y otra serie de claves interesantes. Datos y más datos, pero en Bacon yo no veo información sino solo forma, color, movimiento. Intento descifrar su método, pero solo obtengo nuevas preguntas que regresan hacia mi como bumerangs furiosos. ¿Por qué ese fondo rosa neutro y naíf? ¿Y sobre todo, por qué casi en el centro de este chicle levita una figura arrugada en sí misma, como si careciera de peso y de osamenta?  Decido continuar sin el refugio de la audioguía.

 

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Cinco

El resto de salas, ya de menor tamaño, introducen un elemento nuevo. Una suerte de hipervínculo real hacia obras de grandes maestros de la pintura. Velázquez, Ribera, Goya, Picasso. Colgados al lado de los Bacon pero sobre un fondo verde militar. En su propia trinchera quizá para protegerse de la artillería del irlandés que no ahorra en brochazos salvajes, salpicaduras, distorsiones hasta la náusea y mostradores de carne humana abierta por la mitad. No deja de tener gracia el verlos compartiendo habitación con un Saturno que podría devorarlos en cualquier momento. Pero Bacon tiene un truco; aisla a sus monstruos en el centro del cuadro; los encadena a círculos; o los encierra en cuadriláteros para que no se escapen. Es su forma de domesticarlos y de evitar la tragedia.

Seis

Con el retrato del Papa Inocencio X viene mi  último flash. Recuerdo la sensación de desconcierto que me produjo saber que Bacon, a pesar de su obsesión por este cuadro, y aún estando a poca distancia del palacio que lo custodia en Roma, renunció a ver el original. En su lugar, dejó escapar hasta 50 veces -que sepamos- los fantasmas de su recuerdo en sus propios lienzos. Y ahora, ahí lo tienes, el cuadro en persona, aquél que resistió tantas veces a su mirada; y a pocos metros una de sus muchas reinterpretaciones. El personaje efectivamente sigue sentado en el cuadro de Bacon, quizá sea una de los pocos detalles que aún lo conectan con el de Velázquez; pero no nos hagamos ilusiones, esta vez la silla, es eléctrica.

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Siete

El recorrido finaliza. Acusa el cansancio. Bacon ha desfilado por mi retina pero donde se ha hecho realmente fuerte es en mi estómago. Para intentar aliviar la sensación digestiva vuelvo sobre el lienzo de Velázquez del Papa Inocencio X,  el retratado sigue allí como lo esperaba, inmóvil como una montaña. Un fugaz presentimiento me asalta y consulto la cartela. Se trata de una copia que un tal Amédée Ternante-Leamire  pintó en 1846 a partir del original. Esbozo una ligera sonrisa y pienso de nuevo en Francis. Incluso ahora se ha salido con la suya!

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Ocho

“Francis Bacon, de Picasso a Velázquez” No os lo perdáis. Hasta el 8 de enero en el Guggenheim de Bilbao.

Jesús de la Iglesia, artista y colaborador de este faro.

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