Lawrence, ¿Tuviste algo con Marilyn?

-No, pero le he sacado las mejores fotos de su vida …y de la mía

Esta podría haber sido la conversación de Lawrence Schiller y cualquiera de sus compañeros de la revista París Match días después de su sesión con la Monroe en 1962, cuando el joven de San Diego, con 25 años, la inmortalizó saliendo de la piscina con el cabello mojado y nada más.

Creo firmemente en la suerte y en eso de “estar en el lugar adecuado en el momento adecuado”, sin embargo, Lawrence Schiller, como mi admirado Ron Galella son el ejemplo de quienes saben sacar partido a esos golpes de suerte. Otro de los grandes fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX, mi querido Garry Winogrand, alejó su lente de las estrella y prefirió convertir sencillos instantes de las calles de Nueva York en testigos del cambio social. Pero vamos hoy a por el primero, a por el sagaz Schiller, al que por suerte tenemos en la Academia de Cine de Madrid, hasta el 24 de mayo con una muestra de 30 fotografías. El recorrido sorprende por su icónica originalidad…¿Qué ya habéis visto fotos de mitos hollywoodienses? no como estas. Lawrence sabe aproximarse sin invadir el espacio vital. Acercarse a un Clin Eastwood desarmado pero con el desafío vivo en la mirada, a Robert y Paul distrayéndose, despojados de la sombra de sus destinos, como personas anónimas que disfrutan el verano. Schiller los retrata como personas sin personaje, divertidas, frágiles, finitas. Como las manos de Bette Davis, la vivacidad de Bárbara Streisand o la obsesión controladora de Hitchcock reflejada en el retrovisor. Lawrence supo ser la esencia de aquella América de cine sin convertirse en su “chico de oro”, lo que habría sido poco para un espíritu perseverante e inquieto como el suyo. Lejos de los platós, el asesino de JFK se confesó a su objetivo, y su libro “La canción del verdugo”, escrito en colaboración con Norman Mailer ganó un Pulitzer. ¿Llamaríais a esto buena suerte?, yo no. El talento no solo hay que tenerlo sino encontrar o propiciar el entorno adecuado para que se vea bien.

¿Llegó a pensar Schiller de forma consciente que retratar Hollywood podía revalorizar sus fotos?, ¿o fue un instinto natural el que le empujó a congelar aquellos momentos? ¿Por qué no a fotografiar a los hippies de San Francisco o a las atractivas azafatas de la Pan Am?, sólo el propio Lawrence podría contestar estas preguntas. Por mi parte admiro su doble don; el de la sensibilidad de sus fotografías y el de reconocer dónde está la oportunidad y ponerle un nombre tan elegante como el suyo.

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