Bill Viola, el maestro del videoarte

Bill Viola ha hecho por el arte contemporáneo lo que Leonardo Da Vinci por el uso del color, quédate ahora en el faro a vivir esta experiencia. Jesús de la Iglesia, videoartista y nuevo colaborador de El faro de Hopper, va a guiarte en esta observación que juega con el movimiento y la quietud, con lo posible y lo “aparentemente” imposible.

Con Viola nada es lo que parece

Estás ante una pieza de videoarte de Bill Viola y lo primero que percibes es el sonido estridente de lo que parece una avioneta. En la imagen, se despliega ante nosotros el plano fijo de una alberca en medio de un bosque. Segundos después emerge de entre la vegetación la silueta de un hombre que avanza hasta detenerse al borde de la piscina. Contemplamos su imagen reflejada y escuchamos el murmullo constante del agua. Pasan los segundos y nada cambia. Pero de pronto se lanza hacia delante; esperamos que caiga al agua pero su imagen se detiene en el momento justo en que su cuerpo ha adquirido una posición fetal. Permanece así, congelado y suspendido en el aire, pero su reflejo ha desaparecido. Ahora solo la piscina conserva el movimiento; hombre y vegetación parecen presos de un sofisticado hechizo que los mantiene estáticos. En la piscina comienzan a sucederse diferentes fenómenos ajenos al plano de la superficie; remolinos, ondas sin causa aparente, hasta que misteriosamente adivinamos los reflejos de dos nuevas siluetas que avanzan lentamente por el borde del cuadrilátero y se detienen en un extremo. Intuimos que se trata de un hombre y de una mujer pero su reflejo fantasmático sometido a los caprichos del líquido encripta sus identidades. Parecen estar conversando tranquilamente y en esta actitud los vemos fundirse con la corriente….

 

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¿Quién es ese hombre? The reflecting pool

Pero mientras, el hombre suspendido en posición fetal ha ido desapareciendo, como la pareja anterior, se han fundido con la vegetación.

Un tiempo fuera del tiempo

Nuevos fenómenos se desencadenan en la piscina; a estas alturas de la exploración ya hemos comprendido que el tiempo que maneja Bill Viola en esta pieza de vídeoarte es distinto al nuestro. Como sucede en los sueños, el tiempo está fuera de las reglas convencionales. La noche parece sobrevenir mientras en el bosque continúa el día cuando un nuevo cuerpo/reflejo hace su aparición. Su desnudez contrasta con la negrura de la superficie ¿Otro fantasma que emerge de las profundidades? No lo sabemos, no sabemos casi nada; solo que el agua lo absorbe de nuevo y en el estanque vuelve la luz del día. De hecho, como si se tratara de un ciclo caprichoso, parece que retornemos a la imagen del principio. Han transcurrido algo más de seis minutos y estamos ante la misma vegetación que palpita y una piscina que vuelve a reflejar el mundo. Todo parece normal hasta que otro hombre (¿el mismo hombre?) emerge de las tranquilas aguas. Se incorpora desnudo y de espaldas; por fin su cuerpo y su reflejo coinciden; finalmente se adentra hacia el interior del bosque donde lo habíamos visto emerger por primera vez para desaparecer definitivamente.

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La escena que acabo de describir no pertenece a la iconografía cinematográfica de David Lynch, aunque bien podría formar parte de su extravagante imaginario. Se trata de un trabajo del videoartista norteamericano Bill Viola, perteneciente a una colección de vídeos que lleva por título precisamente el de esta pieza: The Reflecting Pool-Collected Works, (1977 y 1980).

Mi primera vez

Elegí esta obra para explorar a Viola porque se trata de mi primer contacto con el artista, y además porque ésta evoca un hecho crucial en la biografía del artista.

Unos segundos entre la vida y la muerte

A la edad de 6 años Bill Viola estuvo a punto de morir ahogado en un pequeño lago en medio de las montañas. Esta experiencia marcó su relación con la muerte y con el agua y su extraordinario poder visual y simbólico que permeará gran parte de su obra. Conociendo este dato podemos volver una vez más sobre el vídeo para extraer nuevas conclusiones, cada uno de nosotros podrá “fabricar” su propia interpretación del mismo sin agotar la belleza de su complejidad. Mirar, comprender, volver a mirar, un ejercicio al que siempre os anima este faro.

Para Bill Viola, su trascendental vivencia en la piscina no se agotó con The Reflecting Pool, al contrario, podemos advertir el impacto de este suceso en un alto porcentaje de su producción audiovisual en diferentes épocas y contextos. Y parece que esta ha sido la tónica general que ha guiado toda su carrera. Hatsu yume (1981), un vídeo de 56 minutos de duración, nace a raíz de su estancia en Japón gracias a una beca concedida por la Sony Corporation. El vídeo propone una especie de viaje al interior de la isla nipona -el mismo que el artista realizó- azaroso, genuino y extraño; donde la idea de un guión previo se diluye completamente y sólo nos quedamos con sensaciones en movimiento; el paisaje nocturno y lluvioso de una ciudad vista desde el interior de un taxi; un bosque de bambú emergiendo de la oscuridad; una roca “sagrada” desafiando con su estatismo a nuestro febril apetito como consumidores de imágenes.

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El Japón de Bill Viola

Vida y muerte son opuestas y complementarias

La muerte de su madre y el nacimiento de su hijo -ambas muy cercanas en el tiempo- se materializarán más tarde en Heaven and Earth (1992), un trabajo impactante. Se trata de una instalación formada por dos monitores de tubo enfrentados y prácticamente pegados el uno al otro de tal forma que la vida -que empieza con el parto de su hijo – y la muerte -de su madre que se va apagando en la cama de un hospital- se reflejan mutuamente en cada superficie. Esta pieza, aunque fuerte en contenido, no es sensacionalista, ni dramática; es serena, como un ritual de despedida y de bienvenida a la vez, como el propio devenir de la vida.

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nacer-morir / morir-nacer

 

La enfermedad y posterior fallecimiento del padre del artista, son el tema de la serie que catapultará a Viola al reconocimiento internacional, Las pasiones; y además coincide con su experiencia vivida en el Art Institute de Chicago ante la Mater Dolorosa de Dirc Bouts a la que hago referencia en el vídeo con el que arranco este artículo. A partir de este momento (1998) la obra de Viola toma un nuevo rumbo que tiene que ver, como explica el mismo artista, con una suerte de reconciliación con los grandes maestros de la pintura, y con una nueva predisposición ante la obra de arte: pasar del mero observar a participar. Así lo expresa el propio Viola en el contexto de su famoso encuentro con la Dolorosa:

«(….) Había sentido aquel cuadro de una forma en la que antes nunca hubiera pensado, y en aquel momento la función de una obra de arte cambió para mí de un modo dramático. Mi formación en la escuela de arte siempre trató de enseñarme a reaccionar ante las obras de arte de un modo intelectual, perceptivo o cultural; en otras palabras, como observador, no como participante… Desde luego, ¡no implicaba que un fluido corporal pudiese brotar de mis ojos de un modo incontrolable.» Bill Viola

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Bill Viola

Tras el rumbo de Viola

Si tecleas Bill Viola en cualquier navegador obtendrás al momento un torrente abrumador de datos sobre el artista que no se limita a exposiciones en museos y galerías de todo el mundo sino a colaboraciones con otros artistas, muchos de ellos músicos; participación en óperas como Tristán e Isolda de Wagner junto al director de escena Peter Sellars; de la mano del compositor estonio del llamado minimalismo sacro, Arvo Pärt; o acompañando con sus vídeos al Collegium Vocale Gent y la Orchestre des Champs-Elysées en su interpretación de la Pasión según San Mateo BWV 244 de Johann Sebastian Bach en el Palau de la Música de Barcelona, bajo la batuta de Philippe Herreweghe.

Para Viola, mirar es participar

Apenas hemos podido vislumbrar la punta de ese iceberg llamado Bill Viola, pero si queréis experimentarlo con vuestros propios ojos, os invito a zambulliros en el agua dejando mente y cuerpo depejados para seguir contemplando el resto. Solo un apunte más. A estas alturas del texto puede que os llame la atención el hecho de que haya dedicado tanto espacio en describir una obra como The Reflecting Pool en detrimento de otras piezas como alguna de sus Pasiones, a las que ni siquiera he nombrado. Existe un curioso motivo que lo justifica y es que The Reflecting Pool efectivamente puede “contarse”, tiene cierta consistencia narrativa, cosa que no sucede con otros vídeos del artista como Las Pasiones que  son casi imposibles de contar. ¿Por qué? Porque estas obras reclaman de nosotros otro tipo de mirada, una mirada más cercana, una mirada que nos invite a formar parte de la experiencia, a participar.

Necesitamos ver la obra en directo; absorber la intensidad que desprende un hombre gritando de rabia o una mujer sollozando a cámara lenta a través de una gran pantalla/cuadro de plasma. Una intensidad a la que jamás llegaremos usando nuestros ordenadores y mucho menos nuestros móviles.

Viola te espera en Londres

¿Escapada a Londres? no importa cuándo, ya puedes participar intelectual y emocionalmente en la obra de Viola en la Catedral de San Pablo, privilegio que no tienen muchos artistas contemporáneos. Bill Viola da el on a sus vídeos de forma permanente en este emblemático edificio, a escasos pasos de la Tate Modern. Con el enlace a la web que muestra dicha instalación os dejo. Y para todos aquellos que podáis verla in situ: ¡feliz encuentro!

 

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Viola ante su video-retablo en La Catedral de San Pablo

(Jesús de la Iglesia, Videoartista y colaborador de este faro)

 

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